El apagónComo tal vez algunos de vosotros aquí ya sabéis yo tenía una estancia durante una semana en Asturias, específicamente en Oviedo, la capital de la comunidad. Voy a contaros sobre mis acontecimientos en un día allí. Quería visitar Gijón, a menudo llamada la ciudad gemela de Oviedo, una escapada de un día, accesible en tren por un viaje de mas o menos media hora. Ida y vuelta. Saliendo de la estación de Gijón pasé después un rato por el museo de ferrocarriles. Estaba cerrado, no me sorprendió, sabiendo que en estos días casi siempre no se puede visitar los museos. Seguí mi camino, hacia el casco de la ciudad. Vaya, allí ya vi el mar Cantábrico. Con la Playa de San Lorenzo (recomendada por la dueña de mi hostal en Oviedo). Tenía ganas de darme un chapuzón, el tiempo me parecía para la temporada muy agradable. Llegado ya veía a los bañistas. Un mundo despejado lleno de sonrisas y libre de preocupación. Pero ostras, de repente pensé que he olvidado traerme el bañador. No pasa nada, podría volver otra vez. Me di la vuelta y decidí explorar el casco antiguo. Igual que lo de otras ciudades el casco de Gijón es bastante pequeño, íntimo y sobre todo: sin circulación. Ya era la una, el estómago avisó. Me instalé en una terraza con vista a la playa. El camarero me dio la bienvenida, entretanto fijando un papel sobre la mesa, con empeño debido al viento desde el mar. Elegí pedir una fabada, de segundo un cachopo, de postre carbayones. Y desde luego junto con el vino de casa. Después de una hora o algo así, no tenía ni idea que hora era, fui adentro para pagar. Ya le enseñando a la dueña mi tarjeta. Ella estaba moviendo la cabeza. "No tarjeta, no funciona, disculpe." Yo me encogí de hombros y cogí mi cartera. Lánguido pasé lentamente hacia la estación. Había una calma o algo de serenidad por las calles, ¿podría ser la siesta? De nuevo pasé por el museo. Detrás de la puerta de entrada vi a unas personas. Parecían petrificadas. Intenté de entrar, tal vez me equivocara sobre los horas de apertura. La gente dentro dijo que no. Seguí mi camino hacia el tren. En la sala central me llamaron inmediatemente la atención las noticias en la grande pantalla. Anulado, anulado y así toda la lista. Ya había una cola ante la única taquilla abierta. Me dirigí a un agente de policía vigilando en la sala. "¿Qué pasó?" "Toda Europa está en parón." "¿Toda?" "Sí, también Alemania, Francia, Italia." Suspiré hondamente, me restregué la mano por el cabello. Intenté encontrar buses, en balde. Murmuré "los rusos, los rusos, seguramente sean esos." Me dirigí hacia un taxi. El taxista sentado con las piernas afuera, en seguido me contó: "solo en efectivo." Yo enseñándole el interior de mi cartera, mostrando un billete de 10 euros. "No tengo más." "Lo siento. Quizás mi colega no tenga problema con el sistema de pago." En vano. Arrastrando los pies volví al la sala de estación. La cola se había alargado. Visiones de esteras de dormir desplegadas aparecieron en la cabeza. La respiración casi se desbocó. Volví al taxista. Las manos plegadas. Intenté suscitar algunos sollozos de pega. "Señor, por favor. Mi hostal podrá pagarle." "Vale, vamos.¡Suba!" Salió un suspiro hondo. Entrando Oviedo la circulación me aparecía alucinante. Ningún semáforo funcionaba. Coches circulando a velocidad adaptada. Peatones cruzando la carretera con cautela. En los cruces importantes policías vestidos de camisetas amarillas estaban arreglando el tráfico. Vimos a dependientes flemáticamente intentando bajar las persianas. Las terrazas llenas de gente como si no hubiera sucedido nada de imprevisto. "Aquí mi hostal," le dije señalando con el índice. Adentro todo a oscuras. El hostal tampoco tenía el efectivo necesario. El taxista metiendo las manos en alto. "¿Y ahora qué?" La dueña en toda calma: "Tranquilo. Le juro que vamos a pagar. Aquí vamos a firmar una garantía. Cuando la situación esté normalizada, mi cliente le pagará la cuenta." Para el arrastre subí por las escaleras hacia mi cuarto en la planta cuarta. Tenía que andar a tientas. La linterna de mi móvil ayudó un poco. Buscando las barandillas. Frente a la puerta de mi habitación, me esforcé en colocar la llave. Dentro me tumbé en la cama. Afortunademente podía encontrar unas barras de chocolate. Después una hora decidí de bajar, tal vez la recepción supiera novedades. La dueña me dijo: "en el escenario optimista durará 8 horas, en el escenario pesimista durará 24 horas". Suspiro hondo. "¿Podría pedir una caña?" "Claro, espera." La dueña volvió con una caña incluso un bocadillo. "Aquí, aprovéchate" "Miles gracias, señora." La dueña se puso a llamar a sus hijos. "Venga, vamos a jugar un juego aquí en la entrada." Desplegó un tablero, no sé cual, parecía Colonistas de Catan. Yo me sentaba algo cerca en una silla de camping. Ellos iluminados por velas. "Señora, podría pedir otra? Lo pagaré cuando todo se haya acabado". "Hombre, claro, sin problema. Te traigo caña otra." De vuelta arriba me tumbé de nuevo en mi cama. "Oviedo, mierda, todavía Oviedo." (Un paráfrasis de la escena de apertura en la película Apocalypse Now. "Saigon, shit, still Saigon.") Me durmí. De golpe me desperté asustado. Eran los nueve o algo sobre así. Gritos de celebración que entraron tras la ventana abierta. Sonaban como si La Roja hubiera ganado de nuevo la Copa del Mundo. Incrédulo pulsé el botoncito de luz. Un puñetazo en el aire, haciendo una mueca: "yes!" Bajé a la recepción. La dueña con la cara sonriente. Nos abrazamos. Salí para tomar algunas copas. ¡Viva España! ¡Viva Oviedo! ¡Volveremos!
(Opdracht ‘show don’t tell’ (enseñe, no cuente) voor cursus B2.4 Cervantes Utrecht, 27 juni ’25. Met dank
aan Sara Montero Annarén, profesora/escritora)
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